por Jaime Laffaille
Tal y como nos es contada la historia en nuestras escuelas, se convierte en una larga sucesión de fechas y nombres, de personajes irreales y de situaciones frías y muy lejanas. Caracas, días después del terremoto que la dejó en ruinas en 1.812, sometida al pillaje y la violencia, debe ahora servir de escenario a una terrible batalla entre personajes de los que nadie nos habló en la escuela. El libro del Capitán Vowell recoge algunos detalles acerca de esta terrible lucha que se llevó a cabo en medio de los escombros de lo que alguna vez fue una ciudad gloriosa:
"Al fin sonó la hora señalada para el asalto, y el ejército patriota comenzó a avanzar silenciosamente por ocultas veredas desde todos los puntos en que estaba acampado, a objeto de entrar en Caracas por distintos sectores de las afueras. Las fuerzas que defendían la ciudad, formadas en su mayor parte por reclutas bisoños e inexpertos oficiales, se habían entregado al habitual disfrute de la siesta, conforme a lo previsto por Miranda. El reposo a aquella hora era considerado por ellos de naturaleza tan rutinaria, que ni siquiera imaginaron la posibilidad de que les fuese interrumpido por incursiones hostiles. Suponían confiadamente que la siesta debía respetarse como algo sagrado, al igual que ambos beligerantes solían observar una tregua, desde que comenzó la revolución, en los días domingos y en las festividades litúrgicas.
Los cazadores de Aragua, que conjuntamente con los Granaderos de Barlovento atacaron por la calle que parte de la sabana de Ejido, sorprendieron al primer piquete de avanzada del enemigo. El centinela, quien estaba sentado con el fusil entre las rodillas, dormitando a la sombra de una techumbre salediza, fue desarmado antes de que pudiera dar la voz de alarma. Dejando encerrados y seguros a los prisioneros en su propio recinto de guardia, las tropas avanzaron sin dificultad por la Calle del Marqués, después de cruzar solitarias transversales. Hubieran podido imaginar que la ciudad estaba totalmente desierta, a no ser por el rumor de canciones y jolgorio que llegaba ocasionalmente a sus oídos, cuando pasaban frente a la puerta de alguna chichería, en cuyo interior jaraneaban los rotos. Al entrar en la calle real que lleva hacia la plaza, se escuchó un disparo aislado en un sector frontero. Las filas delanteras quedaron inmóviles por un instante y, aguzando el oído, contuvieron el aliento. La detonación fue seguida por una fuerte, pero desordenada descarga de fusilería, como hecha por un cuerpo sin disciplina, al que sobresaltara una súbita ofensiva; y contestada de inmediato en la misma dirección por un fuego graneado, atribuible a pelotones que tiraran a isócronos intervalos.
"Viva la Patria" exclamó Lorenzo Tovar, quien comandaba la vanguardia. Ya nuestros camaradas han entrado duro en la pelea. Bajen armas. Paso de trote La columna suspendió al punto las armas y avanzó aceleradamente por la ancha Calle Real. Se advertía que el estampido de las descargas provenía ahora de dos sitios opuestos, y los vivas de los asaltantes se mezclaban con los gritos de los alarmados insurgentes. Al mismo tiempo, la campana mayor del convento de los franciscanos, situado en las inmediaciones de la plaza, y el cual era uno de los pocos edificios importantes que salieran casi indemnes del sismo, comenzó a tocar a rebato con aquel son brusco e impresionante al que suele darse el nombre de plegaria. Los cazadores se encontraban a unas cien yardas de la barricada que protegía la esquina de la plaza, cuando brotó un fogonazo de la boca del cañon emplazado en el centro del parapeto y la vibración hizo estremecer los vacilantes muros a ambos lados de la calle. Por fortuna para los asaltantes, la pieza fue asestada algo más arriba del objetivo, y la lluvia de metralla silbó inofensivamente por encima de sus cabezas, en vez de barrer las primeras filas, como se proponían los insurrectos.
Al dispararse la humareda, Tovar se encontró junto a un reducido grupo de españoles, afanados en cargar el cañon para un segundo disparo. Logró derribar al artillero que estaba recargando la pieza; y sus acompañantes, trepando por sobre la barrera, acuchillaron con las bayonetas a los defensores. Sin embargo, su acometida fue frenada al momento por un denso y bien dirigido fuego de fusilería, que de improviso partió de una nutrida banda de rotos, atrincherados en la trasera de la barricada.
Los asaltantes fueron seriamente diezmados, mientras sus compañeros se precipitaban en su auxilio. Envueltos durante algunos instantes por el humo de la descarga, tuvieron tiempo para reagruparse sin mayores pédidas ulteriores, salvo las producidas por tiros al azar. Al recobrarse la visibilidad, los Cazadores se abalanzaron bayoneta en mano, respaldados por los Granaderos, quienes habían entrado en la lid por una calle lateral, y llegaban a la plaza en aquel mismo momento, luego de salvar el baluarte adyacente.
Los rotos aguantaron la carga durante unos momentos, pero pronto empezaron a vacilar hasta que, desbaratadas sus filas, corrieron a apiñarse desordenadamente entre los escombros de la catedral, donde ofrecieron nueva y desesperada resistencia tras los derrumbados pilares de las naves. Los Cazadores los acosaron de cerca, y en los sagrados muros comenzaron a resonar las estridentes descargas de los fusiles, las vociferaciones de los combatientes y los lamentos de los heridos. Sólo se mantenían firmes los veteranos españoles. que comandaban a los rebeldes. Al verse constreñidos a abandonar la posición que defendían, ante la recia presión de los atacantes, quienes no le prestaban atención a causa del enrarecimiento con que perseguían a los fugitivos, se agavillaron alrededor de la fontana instalada en el centro de la plaza, desde donde abrieron un tiroteo destructor y aun no advertido.
Los esclavos prófugos, en quienes se depositaba muy poca confianza y a los que no se había provisto de armas de fuego, permanecían en los patios del palacio y de la cárcel, y desde allí contemplaban, con su habitual apatía, la escena de destrucción que se desenvolvía furiosamente ante sus ojos.
Los patriotas afluían por todas las esquinas de la plaza, y los insurgentes huían en tropel a través de las casas en ruinas, esforzándose en ganar las iglesias y los conventos vecinos. Fray Pablo Oyarzún, quien en aquella melée había demostrado que sus talentos oratorios corrían parejas con su habilidad de espadachín, se precipitó hacia los esclavos, incitándoles a que lo siguieran, y haciéndoles presentes las consecuencias que los esperaban si volvían a caer en manos de sus encolerizados señores. Esta amenazante perspectiva surtió los efectos deseados. Echándose los ponchos en torno al brazo izquierdo, sacaron sus largos cuchillos y se lanzaron al sitio donde el combate era más reñido, aullando: Al cuchillo, pardos. Se aferraban a sus antagonistas con ferocidad de panteras y les afligían terribles heridas, antes de que las tropas se hubieran dado cuenta de aquel súbito ataque.
Los rotos aglomerados en la catedral, quienes ahora peleaban con mayor confianza al sentirse en posición más segura, habían logrado rechazar a los Cazadores. Apoyados por el grupo de españoles apostados en los escalones de la fuente, arremetieron contra los patriotas en desesperado esfuerzo, que amenazaba ya con dar adverso giro a los éxitos iniciales de la acción. Sin embargo, en aquel preciso momento se oyó vocear clamorosamente: "!Alza, Zaraza("; y apareció el anciano guerrillero, quien montado en fogoso corcel franqueó de un solo salto la barricada que se alzaba frente a la esquina del palacio, y penetró a todo galope en la plaza, a la cabeza de sus huestes. Una sola carga bastó para decidir la jornada, y los rotos, abandonando las armas, se desbandaron por doquier. En cuanto los esclavos, y si bien pelearon denodadamente hasta lo 'ultimo, a tal punto que, aun pisoteados por los cascos de los caballos, apuñalaban desde el suelo a las bestias con sus filosos cuchillos, al fin fueron cercados y cayeron uno a uno, luchando con su feroz y característica testarudez..
Los soldados patriotas, quienes venían enardecidos por la ya larga espera de aquel encuentro tan anhelado, hostigaron a los tránsfugas calle por calle, y escombro tras escombro, hasta llegar a la Alameda, donde los carabineros y los refuerzos de caballería enviado desde La Guaira hicieron inútil la fuga, y completaron la matanza de aquel día. No se daba ni pedía cuartel, y la carnicería continuó implacablemente, en la forma típica de toda guerra civil. Los soldados observaron que ni un solo fraile aparecía tendido en la plaza. En efecto, al generalizarse el fuego, todos se habían escabullido a sus conventos a través de los claustros de la catedral, y refugiándose cada uno en su celda, se pusieron a salvo de la venganza de los enfurecidos patriotas. Miranda, quien entró en la plaza cuando ya el encuentro estaba para decidirse, y observaba la incesante actividad de Fray Pablo, cuyo yelmo se le había caído en medio de la lucha, dejando al descubierto su rapada coronilla, ordenó una y otra vez que trataran de apresarlo vivo.
Sin embargo, el fraile supo eludir todos los esfuerzos que los soldados realizaban para aprehenderlo, haciendo tales proezas de valor, que fueron muy pocos los que se atrevieron a luchar con 'el, cuerpo a cuerpo; y cuando vio llegar a los guerrilleros, torció el paso hacia la puerta de la catedral, donde sus perseguidores le perdieron la pista."
Mientras estos hechos sacudían a la capital, la goleta en que viajaba María del Rosario dejó atrás la Isla de Margarita y se dirigía hacia las Antillas Menores. Por desgracia para Don Beltrán se cruzaron con un barco repleto de piratas quienes se llevaron toda su fortuna, dejándole con vida pero practicamente en la miseria. Esto obligó a cambiar los planes de los viajeros, obligándolos a refugiarse en una de las islas del Caribe (Santo Tomás), donde deberían trabajar para procurarse el pan de cada día. En esta isla consiguieron hospedarse en casa de una negra de porte erguido, de sonrisa bondadosa y ojos risueños, que cubría sus hombros con un chal de brillante seda amarilla y usaba de zarcillos dos grandes aros de oro con incrustaciones de perlas.
La llamaban Mamá Chepita y se ofreció para atender al enfermo Don Beltrán quien estaba abatido por una de esas fiebres tropicales que los médicos comunes no saben tratar y que, según la elegante negra, ella solía curar con una infusión de hierbas especiales y una jarra de naranjada.