por Jaime Laffaille
Hace algún tiempo, unos pocos años, hablar de ángeles significaba rondar los dominios religiosos, místicos e incluso, según la opinión de algunos, transitar por senderos propios de la magia y la superstición. Ahora todo está cambiando y las historias de ángeles han roto las barreras de uno de los mundos más exclusivos de la cultura humana: el mundo de la ciencia. Los escritos modernos acerca de este tema están firmados por profesionales exitosos, egresados de universidades importantes, poseedores de diversos títulos académicos de alto nivel y especialistas en diversas áreas de la ciencia. Inclusive ya existen libros acerca de los ángeles que fundamentan sus afirmaciones en experimentos realizados por equipos multidisciplinarios integrados por investigadores de ramas científicas tan diversas como la medicina, la estadística, la ingeniería genética y la psiquiatría.
Desde este nuevo punto de vista uno de los campos que aporta más información acerca de la existencia de los ángeles es el del estudio de las experiencias de personas que han estado cerca de la muerte. En particular, el gran avance de los sistemas computarizados, usados para vigilar el estado de salud de los enfermos internos en salas de cuidados intensivos de los hospitales modernos, ha permitido que aumente notablemente el número de enfermos reanimados luego de sufrir la denominada muerte clínica (cuando cesan los signos vitales). Decenas de estas personas han narrado a los investigadores detalles acerca de su experiencia, con el resultado de que se ha detectado la existencia de varios aspectos comunes en estas narraciones. Entre esos aspectos destaca que un gran porcentaje de los entrevistados "sintió que debía dirigirse hacia un túnel oscuro, donde fue recibido por un ser de una dimensión superior (o un ser de luz) que le guió hacia el final". Este ser especial, que les tranquilizaba en el tránsito por el túnel, fue identificado en general con un ángel y, en algunos casos particulares, con el propio ángel de la guarda.
Sin embargo, al parecer no es necesario vivir la experiencia de la muerte clínica, y la reanimación médica, para sentir la existencia del ángel de la guarda. Cada persona es acompañada durante toda su vida, y aún después, por su ángel de la guarda, que se manifiesta principalmente en aquellas situaciones donde un hecho inexplicable salva a esta persona de sucumbir ante una situación traumática. Por ejemplo, cuando un ciclista siente que "algo" lo impulsa a salirse de la avenida que transita, unos segundos antes de que un camión, que viaja en contrasentido, pase a su lado casi rozándolo a alta velocidad. O en el caso de alguien al que se le estropea el carro en medio de la niebla de un páramo solitario, en La mesa del Caballo, a varios km. de cualquier lugar y recibe, cuando su estado de ánimo se torna crítico, la visita de un campesino alegre que camina por ese lugar en compañía de su hijo de pocos años y de una perrita juguetona, quienes surgen de entre la niebla repentinamente y se detienen para distraer y ayudar al atribulado viajero, como si "algo" les hubiera guiado a ese lugar, en ese preciso momento. Ese "algo" inexplicable puede ser el ángel de la guarda, que puso sus manos para cuidar a la persona a quien él debe acompañar.
Para los hombres de las ciudades es difícil percibir la existencia de los seres de luz ya que el ruido de los carros, el humo de los cigarrillos, el color de los avisos, la angustia de sobrevivir y las pantallas de los televisores no dejan percibir algo inaudible para los oídos y que es invisible a los ojos. En los campos y montañas, donde el hombre está solo, todo es diferente, se aprende a mirar aún con los ojos cerrados. En estos sitios es evidente que los seres de luz están allí, al lado de los caminos, entre las nubes y el agua de las lagunas, sobre la piel mullida de las hojas de los frailejones.
Menos mal que hay una pequeña oración, hace tiempo muy popular entre los niños, la cual sirve para llamar al ángel de la guarda de cada uno. Dice así: ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.

