por Jaime Laffaille
Cuando se habla acerca de lo ocurrido luego del terremoto de 1.812, o terremoto del Jueves Santo, casi siempre se resalta la acción antipatriótica de los religiosos realistas de la época, al extremo que se asocia este comportamiento con una actitud general de los sacerdotes y de la iglesia. Esta asociación no es muy justa, la iglesia estaba dividida y, como es lógico, también habían curas patriotas. Uno de ellos era el Pbro. Dr. Francisco Antonio Uzcátegui, canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Mérida, mejor conocido como el canónigo Uzcátegui. Son muchas los hechos históricos que hablan del noble y apasionado espíritu del Dr. Uzcátegui, desde la fundación de las primeras escuelas gratuitas de la región hasta el haber convertido a su propia casa en una fundición para fabricar cañones destinados a los ejércitos del libertador.
Mérida, al igual que otras ciudades del país quedó semidestruida e indefensa luego del terrible terremoto y era inminente su conquista por las tropas realistas. El canónigo Uzcátegui, que ejercía un poder similar al de un presidente de estado, se vio obligado a escapar. Su amor por la ciudad le impedía abandonarla sin intentar al menos salvar algunos de los tesoros que aún estaban escondidos bajo el polvo y los escombros de algunos de los edificios que sucumbieron a la fuerza del terremoto. Uno de esos tesoros era el órgano de la catedral (resulta que en aquellos tiempos, la catedral de Mérida funcionaba en la iglesia de San Francisco, que quedaba por la avenida 2 y que se encontraba en muy mal estado, al extremo de que, según cuenta Don Tulio Febres Cordero, se hubiera caído sola si no la arruina el terremoto), que tenía un sonido especial gracias a sus tubos de plomo y que era un regalo del segundo obispo de Mérida, Fray Manuel Cándido de Torrijos, a su llegada a Venezuela en 1.794. El canónigo logró rescatar de entre las ruinas de la iglesia los preciados tubos, que pesaban cerca de seis arrobas y eran lo más valioso del bello instrumento.
Ante la imperiosa necesidad de salir de Mérida el canónigo se dirigió a su amiga y compañera de ideales Doña Isabel Briceño, que vivía en la villa de Ejido, para solicitarle que escondiera los tubos del órgano y, si era necesario, los enterrara para que no cayeran en manos de las tropas leales al rey. Por mala suerte las fuerzas realistas supieron de la existencia de los tubos en casa de doña Isabel y le ordenaron a su esposo, el realista Jaime Fornés, que entregara los tubos a unos comisionados del ejército del rey. Doña Isabel no se atrevió a oponerse porque tenía miedo de que se tomaran represalias y no quería comprometer la posición de su marido. Con gran dolor tuvo que recibir a los comisionados y permitirles que metieran los tubos del órgano en unos fardos de lona, los cuales dejaron en uno de los corredores de la casa con la finalidad de llevárselos al día siguiente.
Doña Isabel, que no soportaba la idea de que los tubos del órgano fueran a parar a manos de los realistas y de causarle una desilusión al canónigo, decidió hacer una jugada maestra: durante la noche, ayudada por uno de sus esclavos, cambió los dichosos tubos por unas varas de caña, de tamaño similar, arregladas para que pesaran seis arrobas. En la madrugada llegaron los comisionados realistas y sin sospechar nada, para tranquilidad de doña Isabel, cargaron los fardos sin revisar su contenido.
Durante el año de 1.813 el canóonigo regresóo a Mérida, que había sido liberada en el mes de Mayo, y doña Isabel pudo al fin entregarle los preciados tubos. Por desgracia la ciudad fue de nuevo tomada por los realistas en 1.814 y el canónigo se vio obligado a emigrar otra vez. Durante su huida el canónigo Uzcátegui entró en la casa de su amiga para despedirse y contarle que esta vez se llevaba con él los tubos del órgano, que ya nunca más vibrarían con la música celestial de Juan Sebastián Bach........, ahora serían los fusiles patriotas los que entonarían la música de la guerra con el plomo de los tubos del órgano de la catedral, convertidos en balas, en lagrimas, en dolor y, quizás, en libertad.