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LA CONVERSACION

El Milagro.

Parte III


por Jaime Laffaille

Ahora si fue verdad que usted me hizo reír Casiano, solo a usted se le puede ocurrir hablar de que hubo un milagro después del terremoto. Lo que pasa es que usted anda empeñado en ver la mano de Dios detrás de todas las cosas. Mire, el Cielo no tiene la culpa de que miles y miles de personas se pongan a vivir apurruñadas en un montón de casas y edificios mal construidos, ni de que nadie sepa que hacer cuando pasan estas cosas. Es la misma gente la que se echa las bromas y después quiere que los santos vengan a ayudarla. ¿Como se puede hablar de milagros cuando se rompieron las tuberías y nos quedamos sin agua, se cayeron los postes de luz, los teléfonos no funcionaban, las calles se agrietaron y había que llevar a los heridos en el lomo?. Yo mas bien llegué a pensar que Dios se había olvidado de nosotros, sobre todo unos días después del terremoto cuando llegaron aquellos políticos a ofrecernos casitas sin cuota inicial si ellos ganaban en unas elecciones que estaban prontas a realizarce. Esos señores querían ser los protagonistas de lo que estaba pasando, que los viéramos como los salvadores del pueblo, pero eso si: desde la tarima, lejos del sudor, las lágrimas y del barro de las calles rotas, sin perder el glamour. En su afán de ganar indulgencias con escapulario ajeno, hasta se atrevieron a acusar de guerrilleros a todos los líderes del pueblo que estaban dirigiendo la terrible situación. Como las "autoridades" se habían derrumbado y no sabían que hacer, entonces arremetieron contra todo el que daba muestras de buen juicio. Al director del liceo, el profesor Vílchez, lo fueron a buscar en la noche y se lo llevaron preso: ¡tres días lo tuvieron encerrado en una pocilga!, lo acusaban de revoltoso porque había organizado juntas de vecinos para vigilar que nadie sacara a los heridos y enfermos del terreno donde pusimos la carpa que se usaba de hospital. No se de donde se le pudo a usted ocurrir esa idea de que hubo un milagro, ¿cual milagro?.

Los milagros no vienen solo del cielo Cósimo, también provienen de la tierra y de los seres que vivimos en ella. Recuerde que mientras la ayuda oficial no llegaba, y de los aviones solo bajaban camarógrafos y fotógrafos que venían a documentar nuestro llanto, la gente se organizó espontáneamente en brigadas de socorro para rescatar los heridos. Este pueblo sería hoy un camposanto de no ser por esos vecinos, gente común como Amelia la lavandera y el transfor de la peluquería, que se vistieron de ángeles para buscar entre los escombros el más mínimo aliento de vida. No hay manera de olvidar como aquellos malandros y narcos le arrimaron el hombro a esa situación, junto a sus vecinos, al lado del padre Elías que tanto los regañó desde el púlpito y de los mismos tombos que días antes los habían detenido. Yo, al igual que usted, recuerdo cosas muy terribles, pero tengo presente las tómbolas y vendimias que se organizaron para recabar fondos y reconstruir la iglesia. Todavía resuenan en mis oídos aquellas serenatas que la estudiantina organizaba todas las noches en la plaza, para después salir en procesiones que recorrían los sitios donde el dolor estaba enraizado, llevando hasta allí una canción de aliento. La gente se escapó de su tradicional y cotidiano egoísmo, saltando la barrera individual que los separaba del resto del mundo y sobreponiéndose a su propio miedo y dolor, para dedicarse a realizar labores solidarias que estaban dirigidas a superar las dificultades de los más necesitados: un plato de sopa era un tesoro, pero todos estaban dispuestos a compartirlo. Todas las cosas buenas de cada uno salieron a relucir en esos terribles momentos, por poco tiempo, solo durante algunos días, los suficientes como para que la luz que irradiaba cada corazón alcanzara a iluminar las tinieblas donde hacían fiesta el dolor y la angustia. Ese fue el milagro.

NOTA: todos los personajes y diálogos de "La Conversación" (partes 1, 2 y 3) son fruto de la imaginación, pero cualquier parecido con hechos reales del pasado no es mera coincidencia.


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