por Jaime Laffaille
La interpretación que hace el hombre de los fenómenos naturales de su entorno depende notablemente de la información que posea. Por ejemplo, en cada región sísmica de Venezuela la gente explica el origen de los terremotos de una manera diferente y propia de cada lugar. En una zona del Estado Lara existe la teoría de que bajo la superficie terrestre habitan un dios y una diosa que tienen la forma de gigantescas culebras. Ambos seres viven un tórrido romance que los lleva a unirse casi periódicamente: cada vez que ellos hacen el amor la tierra es fertilizada y se anuncian tiempos de buenas cosechas y de abundancia, pero como otro resultado la tierra se estremece en el lugar donde se encuentran los amantes, originándose terribles temblores que castigan a los desprevenidos moradores de la superficie. En algunos páramos de Mérida piensan que bajo el suelo existen inmensas cavernas, que se comunican por túneles interminables, donde vive, prisionero por traicionar a su pueblo, un ser hecho de viento que a veces trata de escapar, sacudiendo la tierra y produciendo los ruidos sobrecogedores que acompañan generalmente a los temblores.
En general estas teorías locales son trasmitidas oralmente, tienen un carácter casi familiar y son fruto de una creatividad ilimitada que combina tradiciones autóctonas, elementos de orden religioso e interpretaciones propias de la historia del lugar. Como un ejemplo especial de lo que estamos diciendo, tenemos el relato de un campesino llamado Natividad (que habitó en un lugar llamado Mucuró, en la Sierra de La Culata), quien nos explicó cual fue el origen de las montañas del Páramo de Piedras Blancas. A continuación les vamos a entregar nuestra versión de ese relato:
"Cuando yo no había nacido, aún antes de que naciera el abuelo de mi abuelo, hace ya mucho tiempo, llegaron a estas tierras unos hombres vestidos de hierro. Se portaban como si toda la creación estuviera allí para servirles y se apoderaban, además de las cosas y animales, de la gente de aquí, obligándola a trabajar por nada y a abandonar todo en lo que antes creían. Eran seres codiciosos, sedientos de riqueza y poder, acostumbrados a pelear, que vivían en estado de violencia y a los que era imposible oponerse por la fuerza. Venían de muy lejos y no trajeron consigo a sus mujeres, eran huestes de hombres solos que invadían las tierras, las casas, los cuerpos y hasta la conciencia de quienes sucumbían ante el brillo de sus corazas metálicas o bajo el filo de sus espadas y lanzas.
Pronto se corrió la voz de que dondequiera que estos bárbaros llegaban mataban a todo aquel que oponía la menor resistencia, y al instalarse en un lugar tomaban a las mujeres más jóvenes, generalmente a las niñas o a las que no tenían esposo, aunque no mostraban miramientos si les gustaba una mujer casada, asesinando al marido cuando éste se oponía a cederla como sirvienta al invasor. Se supo además que se dirigían hacia la Sierra Nevada en busca de oro y de esclavos para comerciar con ellos como si de cosas se tratara.
Cuando los indígenas de las tierras altas conocieron estas noticias sus corazones se colmaron de temor y decidieron esconder a sus esposas e hijas, enviándolas hacia las cumbres donde siempre había nubes y la nieve arropaba las rocas en la mañana. Después construyeron una fortaleza de piedra sobre una meseta que estaba en el camino obligado de los conquistadores, a la que rodearon de trampas donde esperaban hacer caer a sus enemigos, convirtiéndola en un escollo inexpugnable de acuerdo a su inocente visión de una lucha. Pero los invasores eran hombres demasiado curtidos en la guerra, que venían sobre caballos inmortales y acompañados de perros adiestrados para participar en las batallas. Pronto vencieron a los defensores de la fortaleza, obligándolos a huir y refugiarse en cuevas y aldeas aisladas en la montaña, convirtiéndose en presa fácil de grupos de españoles que les atacaban de noche, guiados por la luz y el olor de las fogatas. Pronto dominaron a todos los poblados y se percataron de que solo había hombres, niños y ancianos, dándose cuenta inmediatamente de lo que había sucedido, de que las mujeres habían escapado. No valieron castigos ni amenazas para que alguien les dijera donde estaban ocultas, llegando algunos indígenas al extremo de preferir suicidarse saltando por algún barranco antes que convertirse en delatores. Fue tal la furia de los seres vestidos de hierro que pasaron a cuchillo y empalaron a muchos hombres de las aldeas invadidas. Un niño, que logró escapar de la vigilancia de sus opresores, subió hasta donde el cielo y las nieves se confunden, para contar a sus hermanas lo que había pasado, para narrarles la suerte que corrieron sus amigos, padres y hermanos. Un solo grito, como el lamento de un ser herido, se escuchó en todos los páramos, las hermanas, novias y esposas se unieron en un llanto al que no se le veía final; rasgaron sus ropas, laceraron su piel, mesaron sus cabellos y sus lágrimas descendieron por las laderas. Pasaron las horas y los días y aquel dolor no escampaba, la tierra se estremeció recogiendo las lágrimas y formando lagunas que inundaron los valles donde estaban los campamentos de los bárbaros invasores, ahogando a algunos junto con sus perros y caballos. Esto no les detuvo y continuaron su ascenso hacia las nieves en busca de las mujeres escondidas y de otras aldeas y poblados siguiendo caminos y senderos que conducían hacia los lados de Piñango.
Al dolor se sumó ahora el pánico y la impotencia de sentir cerca a sus temidos enemigos sin poder defenderse ni vengar a sus muertos, entonces Dios se sintió conmovido ante el sufrimiento de sus hijas y quiso aliviar tanta pena convirtiendo a las inconsolables mujeres en rocas y en montañas, pero esto no fue suficiente para calmar tan profundas heridas, no bastó para secar los manantiales y aún hoy sus lágrimas brotan del corazón de esas cumbres, conocidas por algunos como "las montañas que lloran", dando origen a las pequeñas lagunas de donde nacen los innumerables riachuelos que riegan las faldas de los páramos. Este es el origen de las Lagunas Apersogadas, cercanas a las faldas del pico Los Nevados (una de las montañas que lloran), y de la Laguna del Llanto, en la carretera hacia Piñango, que originan riachuelos que bajan al Valle de Mifafí, uniendo sus aguas para formar el imponente Río Chama.
Cuando el viento está tranquilo durante el día o en medio de las noches serenas, se puede escuchar como corren esas lágrimas por las faldas de las montañas y si alguna de ellas queda atrapada entre los frailejones, o en pequeñas trampas del terreno, se convierte en una piedra blanca, como de leche, de las que hay miles en las cumbres del Páramo de Piedras Blancas, testimonio imponente del inmenso dolor que se causó a los indígenas de esos lugares cuando unos seres extraños, con lenguas de espadas y lanzas, vinieron para hablarles de costumbres, culturas y religiones que eran "mejores" que las suyas."
