Regresar

AMOR SISMICO

El Juicio

Parte V


por Jaime Laffaille

Luego del Terremoto y una vez restablecido el orden público en Caracas, sus habitantes regresaron para ponerse a salvo y reconstruir sus vidas. Vino gente de los campos para ayudar a las tropas del gobierno a despejar los escombros, enterrar los cadáveres, construir cuarteles y almacenes de víveres. De todas partes de la república llegaban noticias acerca de los estragos causados por el terremoto y se sabía que esta calamidad había afectado el entusiasmo patriótico de la gente supersticiosa causando innumerables deserciones en las tropas leales a la causa. También era conocido que el poderoso ejército español acampado en Cartagena, apoyado por la provincia de Coro, podría iniciar una guerra de exterminio bajo el mando del General Monteverde. Entre tanto, Miranda se esforzaba en reconstruir el ejército republicano y fortalecer la frontera. Puerto Cabello era una de las plazas mas fuertes, comandada por el Coronel Simón Bolívar, quien había reclutado, disciplinado, armado y alimentado a su fiero regimiento de cazadores, con oficiales reclutados entre los jóvenes criollos de las familias más importantes del país y algunos soldados que antes fueron esclavos de la hacienda del mismo Bolívar. Vestían uniforme verde oscuro y fue su divisa "muerte o libertad", a la que hacían honor al entrar en combate, la que adoptaron los demás cuerpos de las tropas patriotas. Como este ejército no contaba con oficiales de artillería criollos se apeló a voluntarios foráneos que eran oriundos de Francia en su mayoría, motivo por el que se llamó "franceses" a todos los legionarios extranjeros. Cedeño y Monagas, anteriormente mayordomos de hatos, se presentaron acompañados por un cuerpo de caballería armado solo con lanzas y ganas de pelear, mientras que el mulato Piar comandaba un ejército de pardos dispuestos a unirse a la causa si los oficiales blancos les recibían en igualdad de condiciones.

Miranda mantuvo en secreto sus planes con respecto a los frailes insurrectos, que habían aprovechado los estragos del terremoto para instigar al pueblo en contra de la causa patriota, de tal forma que cuando éstos volvieron a la vida pública se les citó a comparecer, junto a los superiores de los monasterios, ante un tribunal militar. Fray Pablo Oyarzún trató de unir a todos sus hermanos en religión para formar un frente en contra de ese juicio ilegal y sacrílego, dirigido por militares y civiles insurrectos sin autoridad moral ni legal para juzgar sacerdotes, pero se encontró con la terrible sorpresa de que ni sus mejores arengas lograron que la mayoría del clero dejara de ver con agrado que se juzgara a los frailes sediciosos, al extremo de que el tribunal se instaló en el refectorio del monasterio de los Frailes Dominicos, el cual fue preparado y ornamentado magníficamente para honrar al magno tribunal y acomodar al público que seguramente asistiría al evento.

La Junta Suprema prescribió el fuero de sacerdotes a los reos, en función del crimen cometido, a fin de colocarlos en la jurisdicción de la ley marcial y darle carácter legal a las decisiones y sentencias a que se pudiere llegar. Los principales testigos de la corte eran soldados que identificaron a los reos y describieron como fue su participación en la insurrección, señalando a Fray Pablo Oyarzún como el principal cabecilla del motín. El fraile objetó la validez de los testigos, por considerar que éstos se encontraban bajo la autoridad de la corte en vista de su condición de soldados y no podían ser imparciales. Entonces fue llamado al estrado Fray Nicolás Polillo, confesor de los presos, para que expusiera su experiencia durante la reciente insurrección ocurrida en la capital. El testigo expresó que "en la mañana del terrible y reciente terremoto, había sido llamado desde la cárcel para que fuese a administrar auxilios espirituales a un ciudadano preso que, según sus conjeturas, debía cumplir sentencia de muerte. Mientras se encontraban en el calabozo del condenado, fue sorprendido por aquella vaporosa convulsión de la naturaleza, que puso en inminente peligro su vida, pues su penitente logró escapar a través de una grieta abierta en lo alto de la pared, demasiado angosta para que él pudiera seguirlo, y lo abandonó ingratamente, exponiéndolo a morir allí sepultado, sin preocuparse en absoluto por socorrerlo.

En esa mazmorra -continuó diciendo- pasé el resto del día y luego la noche entera, sin probar el menor bocado (pues apenas si pude fumarme unos cuantos tabacos que por fortuna llevaba encima), temiendo que habría de perecer de hambre, que es la más horrible de las muertes. Sin embargo -!alabado sea mi patrono Santo Domingo!- en las primeras horas del día siguiente, cuando ya me encontraba al borde de la agonía, presa del terror y de la extenuación, una turba de rotos comenzó a remover los escombros que bloqueaban la entrada a los calabozos, con el objeto de poner en libertad a algunos compinches suyos, de quienes sospechaban fundadamente que estuvieran presos allí. Me esforcé en hacerme oír, aunque la inanición me había debilitado la voz (cosa muy explicable después de veinticuatro mortales horas de ayuno), y al fin echaron abajo la puerta de mi celda. No obstante, y en vez e dar gracias al cielo por haber sido los indignos instrumentos mediante los cuales se me rescataba, como si dijéramos, de las fauces de la muerte, se mofaron de mi desdicha en la forma más despiadada e irreverente. Más aún, uno de ellos -Ave María!- llegó al extremo de exclamar, después de lanzar un herético terno, que deploraba haberse tomado tanto trabajo por un simple cogote raspado; pero que él había creído que quien se hallaba preso allí era su compadre Vilches, quien- como se sabe- es un conocido salteador de caminos.

En este momento fue interrumpido por el Fiscal, quien le exigió al reverendo confesor que se limitara a exponer los hechos que conociera acerca de los reos.

A eso iba precisamente, mi ilustrado señor. Pues bien, aquella banda de rufianes (lamento decirlo) venía encabezada por Fray Pablo Oyarzún, y en vez de reprenderlos por su grosero comportamiento para conmigo, o de apartarlos de su criminal propósito de abrir por la fuerza las puertas de las prisiones, los apoyaba y estimulaba en sus desmanes. Luego trató de ganarme para su causa, informándome que Monteverde le había dado carta blanca para su empresa de atizar un movimiento contrarrevolucionario. Me hizo también muchas ofertas tentadoras, a nombre del gobierno realista, el cual, según me aseguró, recobraría dentro de poco el poder en Venezuela. Me negué a escucharle, pues en realidad soy hombre pacífico y contento con mi suerte. Como dice el proverbio, "con paja o con heno, el xergón lleno!" Es todo lo que puedo declarar al respecto, pues acto continuo me retiré a este refectorio, donde -y es la pura verdad- me he recluido durante estos días de desasosiego y alarma, salvo las horas que he pasado en mi celda o en la capilla del convento".

Luego de este testimonio se procedió a escuchar la defensa de los reos quienes manifestaron su arrepentimiento y pidieron clemencia, con excepción de Oyarzún que dijo sentirse orgulloso de su actuación en el intento para restablecer la autoridad del rey en Venezuela. La sentencia del tribunal: los encausados serían desterrados del país por un tiempo que dependía de su jerarquía y de la magnitud de su participación en "la intentona".

Carlos Sepulveda y María del Rosario c ontinúan separados. A Carlos se le encargó la misión de custodiar la salida de los frailes del territorio venezolano. María del Rosario sigue al lado de su padre enfermo a quien un Médico francés le suspendió los remedios de la negra Mamá Chepita, recetándole una serie de medicamentos que, según Mamá Chepita, solo lograrían desmejorar a su enfermo. Por el momento no se vislumbra la menor posibilidad de un final feliz para esta historia a menos que.......

CONTINUARÁ......

FUNDAPRIS
Laboratorio de Geofísica
ULA