por Jaime Laffaille
Cuando los conquistadores españoles iniciaron el largo proceso de explorar las montañas de la Sierra Nevada en los Andes Venezolanos (segunda mitad del siglo XVI) encontraron que éstas ya habían sido conquistada por aborígenes que vivían en poblados, poseían una cultura bien establecida y un desarrollo agrícola particularmente avanzado. En las montañas desérticas que bordean la hoya hidrográfica del río Nuestra Señora (conocido como río Negro en su desembocadura al río Chama, por el color oscuro de los sedimentos que portan sus aguas) aquellos aborígenes habían ingeniado la construcción de un complejo sistema para conducir agua a sus casas y sembradíos, que consistía de un conjunto de canales cavados en las laderas de las montañas, los cuales seguían la topografía del terreno pasando por túneles y puentes hechos de piedra y madera, a lo largo de distancias que superaban los cientos y miles de metros. Los españoles dieron a estos canales el nombre de “Acequias” y estaban tan impresionados con ellos que a la región donde encontraron este sistema de conducción de agua la llamaron “El Valle de las Acequias”. Entre los aborígenes mencionados se encontraban los Mucuñóes, quienes habían edificado un bellísimo poblado en la ladera de una montaña conocida como “La Loma Gorda”, desde donde se divisaba el valle del río Nuestra Señora y las montañas de la Sierra Nevada. Era tan especial el lugar que los españoles se referían a él como Pueblo Hermoso, lo cual no les impidió interrumpir de manera violenta este proceso cultural y repartirse en encomiendas las tierras del valle junto con las familias Mucuñóes que allí habitaban. Pero no fue ésta la única tragedia que afectó a los aborígenes de Pueblo Hermoso, ya que la naturaleza también tuvo un papel importante en su destino. Quizás fue el terremoto de La Grita, ocurrido el 03 de Febrero de 1.610, o el terremoto de Pamplona, en el día 16 de Enero de 1.644 (que según el Maestro San Francisco de Eufra, cura doctrinario de Pueblo Hermoso, causó estragos en diversos puntos de la cordillera andina), el que puso en evidencia que los hogares de los Mucuñóes estaban edificados sobre un deslizamiento de tierra: el suelo comenzó a hundirse, aparecieron grietas en las casas y se escucharon ruidos provenientes del interior de la tierra. Los temblores continuaron y transcurrió el tiempo sin que nadie supiera que hacer. Así llegó el terrible año de 1.672, cuando el cielo no paro de llorar sobre el Valle de las Acequias con lluvias tormentosas que duraron todo el año, haciendo crecer tanto las quebradas que se hizo necesario construir puentes colgantes para cruzarlas. Una de esas noches arreció tanto la lluvia que el agua penetró profundo en la tierra favoreciendo el deslizamiento y obligando a los Mucuñóes a salir de sus viviendas, aterrorizados al sentir que el suelo se movía y sus casas traqueaban como si fueran a desplomarse. Solo la intervención de Don Juan (cacique de los Mucuñóes, hombre con temple de acero, que años antes viajo a pie desde el Valle de las Acequias hasta Bogotá para quejarse oficialmente de los malos trato que dispensaban los encomenderos españoles a los aborígenes del valle) logró tranquilizarlos para que regresaran a sus hogares mientras él, en unión con otros caciques, encontraba una solución al tremendo problema. Don Juan pronto se dio cuenta de que solo se salvarían de una tragedia si mudaban el poblado, ya que el deslizamiento del terreno era cada vez más evidente y en cualquier otro temblor, o con otra tormenta, podría desencadenarse la catástrofe que tanto temían. Así comenzó la nueva epopeya de la vida de Don Juan y de los aborígenes Mucuñóes: conseguir un lugar para la nueva fundación de Pueblo Hermoso. Tristemente descubrieron que esto no sería tan sencillo, las tierras que cuidaban y sembraban, el suelo donde apacentaba su ganado, todo tenía ahora nuevos dueños, porque hasta los soldados que acompañaron a los jefes conquistadores españoles eran ahora encomenderos, mientras que ellos, los aborígenes del valle, los fundadores de poblados, los fertilizadores del desierto, no eran dueños de nada. Durante más de una década Don Juan y los Mucuñóes se dirigieron a todas las instancias, escribieron cartas, se entrevistaron con los encomenderos y recibieron la visita de comisiones del Gobernador de la Provincia de Mérida sin lograr el permiso y el terreno para fundar de nuevo su pueblo. Los pavorosos temblores que asolaron el Valle de las Acequias en 1.684 y 1.691 (que solo fueron sentidos en esta región y se originaron en alguna de las fallas geológicas del lugar, probablemente en la Falla de los Granates que pasa a una decenas de metros del sitio de Pueblo Hermoso) aceleraron el proceso de deslizamiento, agrietando las casas y las iglesias, desbocando el terreno y aumentando el estado de temor y zozobra de los Mucuñóes, al punto que Don Juan viaja a Mérida a entrevistarse con el Gobernador y consigue que una nueva comisión del gobierno de Mérida visite el lugar y elabore un informe donde se considera prudente la mudanza del poblado. Esta mudanza se llevó a cabo en 1.692, a un terreno muy cercano ubicado en una ladera vecina al antiguo sitio del poblado, en contra de los deseos de los habitantes y del mismo cacique Don Juan, quien consideraba que el nuevo lugar era inseguro. No obstante se vieron en la imperiosa necesidad de mudarse al sitio cedido, que era conocido con el nombre de Mucunamo: cuentan que el dueño de esas tierras recibió un pago superior en 10 veces al valor real del terreno. El tiempo y la naturaleza pronto pusieron de manifiesto el terrible error cometido en la segunda fundación de Pueblo Hermoso, que ahora se llamaba “San Antonio de Mucuñó” en honor al patrono cristiano de los Mucuñóes, ya que los fuertes temblores que siguieron al Terremoto de Caracas de 1.812 y luego el terremoto de 1.827, ocurrido el 24 de Junio y que destruyó parcialmente a La Grita, dañaron tanto al nuevo poblado que se pensó en la posibilidad de fundarlo por tercera vez en un lugar más seguro. La situación se agravó cuando ocurrió el terremoto de 1.845, ya que los deslizamientos fueron de tal magnitud que represaron las quebradas, produciendo luego coladas de barro que bajaron hacia el Valle de Lagunillas sepultando árboles, casas y caneyes, arrasando con todo a su paso:cuentan que cerca de Lagunillas la ola destructora recorrió todo el llano, los habitantes no podían cruzar de un lado a otro del valle porque se hundían en el lodo y muchos murieron de hambre y de sed, aislados de sus casas y familias. Así, en 1.848 se realizó la tercera fundación de Pueblo Hermoso, ahora con el nombre de Acequias, en el lugar donde quiso fundarlo inicialmente Don Juan, el valiente cacique de los Mucuñóes. Actualmente Acequias es un bellísimo poblado que puede verse desde algunos puntos del Valle del río Chama, particularmente de noche, cuando aparece un puñado de estrellas adornando la montaña, en el lugar donde quisieron tenerlo Don Juan y los Mucuñóes y que merece llamarse Pueblo Hermoso de Acequias.
La información presentada en este relato fue obtenida del Dr. Andrés Zavrosky, de los libros del Dr. Andrés Márquez Carrero, de la ing. Reina Aranguren de la Escuela de Ingeniería Geológica de la Universidad de Los Andes, de las obras del Dr. Centeno Grau, del libro “Testimonios Merideños” de Carlos César Rodríguez y del Catálogo Sísmico de Venezuela del Dr. José Grases.
