por Jaime Laffaille
Un desarrollo racional de las ciudades construidas en zonas sísmicas debe estar marcado de alguna forma por la presencia de la amenaza que representan los sismos: los planificadores necesitan conocer como serán los terremotos que pueden dañar sus edificaciones con el fin de diseñar ciudades más seguras. Una forma de saber algo acerca de lo que puede ocurrir en el futuro consiste en mirar hacia el pasado, porque los terremotos que pueden venir serán muy parecidos a los que anteriormente marcaron la vida de los pobladores de una región. En el caso de Venezuela, y también de muchos otros países, la historia sísmica no es suficientemente larga ni completa como para aportar la información necesaria. Cuando una civilización se impone sobre otra trata de borrar la memoria del pueblo conquistado con el fin de facilitar el proceso de dominación e implantación de la propia cultura. Es así que la memoria del pueblo venezolano no alcanza mucho mas allá de la época en que llegaron a estas tierras los primeros españoles y su historia sísmica apenas roza los quinientos años. Sin embargo, de una forma similar a la usada por los arqueólogos para escudriñar los tiempos más remotos, guiados por la voz de ruinas y fósiles, los paleosismólogos escarban el suelo en busca de las huellas dejadas en las capas de sedimentos por terremotos prehistóricos que asolaron los poblados de los primeros habitantes de una región.
La base de la paleosismología es que los grandes terremotos (eventos de magnitud superior a los 6 grados) son capaces de producir deformaciones en la superficie terrestre, las cuales permanecen durante un largo periodo de tiempo (cientos o miles de años). En muchos casos estas deformaciones cambian las condiciones de equilibrio del entorno, alterando algunos procesos superficiales (por ejemplo, generan diferencias de elevación en el terreno que pueden cambiar el curso de un riachuelo o represar el agua que escurre por la falda de una montaña). La nueva forma de la superficie terrestre, unida con el cambio producido en los depósitos sedimentarios por efecto de un terremoto, constituyen lo que se denomina el “registro geológico de los paleoterremotos”. Al conocer la edad de las estructuras afectadas y medir las deformaciones producidas en ellas es posible estimar el momento en que ocurrió el terremoto y algunas de sus características (como la magnitud).
La labor que el paleosismólogo debe realizar es casi detectivesca. En primer lugar debe ubicar, mediante fotografías aéreas, mapas y trabajo de campo, los sitios de la superficie terrestre deformados por la presencia de una traza de falla. Luego debe seleccionar aquellos lugares donde se pueda presumir que la estructura del suelo pudo grabar, de manera casi continua, los efectos de los terremotos ocurridos en la zona. Finalmente procede a cavar una trinchera (especie de zanja) que atraviese la traza de la falla y ponga al descubierto las deformaciones y cambios estructurales que el científico espera encontrar. Si se ha equivocado no encontrará nada y habrá perdido varios millones de bolívares; pero si la suerte lo acompaña podrá leer en las paredes desnudas de su trinchera una historia que solo el suelo puede contarle.
En la Falla de Boconó se han realizado varios estudios paleosismológicos en busca de información acerca de los grandes terremotos ocurridos en tiempos remotos y ya se han obtenido algunos datos importantes. Por ejemplo, se sabe ahora que los máximos terremotos ocurridos en la zona sur de la Falla de Boconó alcanzaron una magnitud cercana a los siete grados en la escala de Richter y que su periodo de retorno (intervalo de tiempo que debe transcurrir entre dos eventos de iguales características) es superior a los 250 años. Esto significa que es poco probable que en esta región ocurra un terremoto de magnitud 7 en los próximos años. El estudio paleosismológico más reciente realizado en la zona, auspiciado por la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, se llevó a cabo en los alrededores de la Laguna de Mucubají durante el mes de Febrero de 1.997 y aún se están descifrando los rasgos observados en las paredes de una trinchera cavada en el lugar conocido como “Altos de Mucubají”.
