por Jaime Laffaille
Había una vez un maestro que se dedicaba a enseñar a sus estudiantes, y a todo
aquel que quisiera escucharlo, como leer en el paisaje la historia de los procesos que cambiaron la forma de la superficie terrestre hasta llevarla a ser como es hoy. Entre los temas que debía tratar estaba el de los deslizamientos de tierra, los mecanismos que le dan origen, el papel que juegan en la formación del relieve y su importancia como amenaza natural para la obra de los hombres. Este último aspecto era muy difícil de explicar, ya que el maestro enseñaba en una ciudad hermosa, que parecía protegida bajo las alas de un ángel de la guarda que no permitía que a ella se acercara ningún mal grave, ninguna catástrofe, y la gente no tenía en su memoria suceso natural alguno que afectara en el pasado la vida de la comunidad. Todos le entendían al maestro lo que ocurre en un deslizamiento: que una masa de tierra se "desliza" sobre una superficie de corte,que cuando la masa de tierra es homogénea y de granos finos entonces la superficie de deslizamiento es aproximadamente de forma esférica y la masa deslizada hace un movimiento de rotación durante su caída, que dentro de la masa deslizada pueden aparecer otras superficies de deslizamiento que dan origen a la formación de "escalones" y que cerca del tope inferior del deslizamiento aparecen lomos, o colinas alineadas, como consecuencia de la compresión que ejerce allí la masa al deslizar. Al maestro también le entendían con facilidad que un deslizamiento puede ser causado por diversas razones, las cuales tienen que ver con un cambio notable en las condiciones de equilibrio de una masa de tierra que se encuentra sobre una pendiente. Entre estas razones él citaba, por ejemplo, la fuerza horizontal que actúa sobre el suelo al ocurrir un terremoto, la pérdida de estabilidad de la masa de tierra al erosionarse la base del deslizamiento por causas naturales, o por la acción del hombre, y el cambio de densidad del material a deslizar por causa de la lluvia o de la infiltración de agua subterránea.
Sin embargo, el maestro no estaba contento. El quería que comprendieran que un deslizamiento puede ser tan espectacular como para cambiar el paisaje de un lugar al poner en movimiento miles de toneladas métricas de material, a lo largo y ancho de cientos de metros de distancia, afectando al entorno y generando cambios de tal magnitud que hacen surgir nuevos ecosistemas locales o destruyen los ya existentes. Pero para ilustrar un proceso tan espectacular necesitaba un ejemplo especial, no bastaban las figuras de libros ni los pequeños deslizamientos que obstruyen los caminos o dañan unas pocas viviendas. Entonces caminó y caminó escudriñando todos los paisajes que cruzaban su mirada, recorrió todas las montañas que rodeaban su bellísima ciudad, remontó los cauces de las quebradas de agua cristalina que parecían descender desde el cielo, día tras día durante muchos años.
Un día lo vio, era tan grande que se hacía invisible a una mirada cercana, solo era posible abarcarlo con la vista subiendo a una serranía que estaba enfrente de él, cruzando el gran río que había escavado el valle. En una de las formas del relieve generado por el deslizamiento estaba atrapada una laguna de aguas tranquilas y salobres donde, según cuentan los pobladores del lugar, habita un encanto que castiga a quienes se acercan al lugar con intenciones depredadoras. Según el maestro el origen de este deslizamiento tan espectacular debió ser un gran terremoto, quizás ocurrido en tiempos prehistóricos, cuando nadie habitaba el lugar.
A pesar de que este escrito parece un cuento, el deslizamiento existe: es el Deslizamiento de La González, al sur de la ciudad de Mérida. También existe la laguna: es la Laguna de Caparú, rodeada por un ecosistema misterioso donde conviven las orquídeas y los cactus. El maestro también existe: su nombre es Carlos Ferrer y enseña en el Instituto de Geografía de la Universidad de Los Andes.